Los
resultados de las investigaciones han demostrado la importancia fundamental que
tiene dos factores en el logro de la salud física, emocional e intelectual de
los niños: el apego y la lactancia materna exclusiva y
prolongada; aspectos que a su vez se encuentran relacionados entre sí.
Hoy se sabe que el vínculo afectivo que se
establece entre un niño y el adulto responsable de su cuidado contribuye a la
supervivencia de ese ser indefenso. ¿Cómo
se establece dicho vínculo?
Desde el momento del nacimiento, el niño cuenta
con un “repertorio de conductas” que le posibilitan la comunicación de sus diferentes
estados (hambre, sueño, etc.); ejemplo de ello es el llanto. También lo son las
sonrisas, los balbuceos, las conductas de aproximación hacia la madre y otras
que se irán incorporando con posterioridad.
Estos recursos le permitirán al recién nacido mantener
“próximo” al adulto que se encarga de su cuidado. Pero ésto sólo no alcanza
para que se establezca ese lazo invisible de unión entre madre e hijo que
posibilitará la añorada salud del pequeño. En contrapartida, hace falta un
adulto dispuesto a cumplir con sus funciones parentales en forma responsable,
es decir, una mamá dispuesta a satisfacer
las necesidades de su bebé y en el mismo acto transmitirle la seguridad de su
presencia para cuando él la necesite.

La lactancia materna es el momento de encuentro, comunicación
y unión entre ambos. Es durante el amamantamiento
cuando el bebé se encuentra pegadito al cuerpo de su madre, donde se produce el
contacto piel con piel y el recién nacido puede escuchar su corazón latir,
percibir su olor particular, escuchar su voz bien cerquita y hasta visualizar
su rostro. Todo un conjunto de experiencias que le permitirán, hoy, sentirse
“seguro”. Y mañana, cuando crezca, alejarse y explorar el mundo con la
tranquilidad de saber que siempre habrá alguien que cuidará de él.
Como bien dice el dicho…”AMAmantar es amar”.
Lic. Cecilia
D’Angelo
Lic. en
Psicología.
MP 4933
Si te gustó esta nota, seguramente te puede interesar leer: